lunes, 20 de febrero de 2017

La gramática del retrato





Jacopo Pontormo, Lady in a Red Dress, circa 1523.



El título de esta entrada corresponde con la construcción del retrato, es decir, con su fabricación, con su poiesis. En la elaboración de un retrato se ponen en juego distintas estrategias, y éstas responden a la finalidad de la obra. El centro de interés de un retrato es la figura. Alrededor de esta se van configurando las decisiones del  autor, quien decide sobre la estética de la imagen.

En la gramática del retrato se observa la trascendencia de la figura, ya sea mediante el uso de diversos recursos simbólicos o mediante el espacio que llega a ocupar el cuerpo en el cuadro. Es decir, en el retrato sobresalen además de las características del cuerpo y la estructura física del sujeto, algunas propiedades externas a la figura; esas características se utilizan para vestir de cualidades al sujeto del retrato.

En la lectura de la gramática del retrato se observa el espacio que ocupa la figura del sujeto (cuerpo entero, medio cuerpo, busto o de acercamiento o la fragmentación del rostro para destacar algún detalle), la postura corporal (frontal, de tres cuartos o perfil) y el ángulo elegido para la reconfiguración de esa figura.  En The Art of the Portrait, Norbert Schneider afirma que en la elaboración de los retratos, sobre todo en los reservados para la monarquía o para los miembros de la nobleza, destacan los retratos de cuerpo entero o los retratos de tres cuartos, pero también sobresalen aquellas obras en las que se aprecia únicamente el rostro y parte de los hombros del sujeto. “Las poses típicas incluyen la vista de perfil, con su dignidad y aire hierático, como reminiscencia de la antigüedad clásica, la vista de tres cuartos, de medio cuerpo, la vista frontal o la de cuerpo completo, con formas usualmente sugestivas y mirada directa. Además de los retratos individuales, cuya función era la descripción de figuras públicas, el retrato se cultivó omo una institución artística”.

El mismo Schneider subraya que los retratos funcionaron como símbolos de estatus en el que se corporalizaron los cuerpos de distintas sociedades, mientras que al mismo tiempo se definían los roles y las jerarquías dentro de los mismos grupos. Igualmente los retratos de parejas casadas y de grupos familiares permitieron forjar las bases sociales del temprano estado moderno y para proyectar una imagen de sí mismos, que era consistente con las convenciones de la época.


Para mayor información véase Norbert Schneider, The Art of the Portrait (Cologne: Taschen, 1999).

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